Microblau, la historia (1ª parte) #Microblau20años

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Microblau, la historia (1ª parte) #Microblau20años

Jaume Mercader, CEO y cofundador de Microblau, nos explica los orígenes de la empresa en nuestro 20º aniversario.

Bajando hacia el trabajo con mi Golf GTI me ajusto la corbata que parece que me tense. Me pongo bien la americana y me aferro el chaleco.

Hoy creo que es un gran día, aunque no estoy seguro. Un cosquilleo incesante en el estómago no me deja vivir y me indica claramente que he hecho una animalada. Es mi último día de trabajo en La Sumi.

Tras 9 años de trabajo incansable, y habiendo entrado como repartidor con una furgoneta dando vueltas por la Seca, la Meca y el Valle de Andorra, hoy plego. Punto y final. Tras 9 años en los que he estudiado programación, aprendido a reparar ordenadores con Pau, gran jefe, haciendo de comercial con super-Salva, de jefe comercial, de jefe de marketing, habiendo llevado un Apple Center y de una pila de cosas más, parece que hoy cierro una puerta. Nueve años en los que he aprendido mucho, he conocido muchas personas interesantes y todas, en mayor o menor medida, han dejado su huella en mi vida.

Mi padre se ha enfadado. No entiende que deje una carrera prometedora en una empresa que me lo ha dado todo. Pero no es mi camino. Parece que piense sin decir…

Aún se fuma en todos lados. Los despachos tensan una niebla baja que se corta con cuchillo. Los que van en moto no llevan casco, y los niños sentados en el asiento de delante del coche con las ventanillas subidas y sin cinturón respiran el humo del Habanos de su padre, mientras se desgarran el tímpano por la música que sale del radiocasete Clarion extraíble que suena a toda castaña. Dos canales en la triste tele, en blanco y negro para más inri. Y el papel sobre la mesa que dice “ha llamado, desea que le llame” definen claramente el punto donde estamos.

La pantalla, negra con el cursor blanco, naranja o verde, a escoger según el gusto del consumidor, parpadeando, esperando una orden indescifrable del MS Dos 6.2 de Microsoft que prácticamente nadie entiende. Y empieza a dejar paso al Windows 3.1 y alguna pantalla a color para los más adinerados. Y más tarde al fantástico Windows 95.

¡¡¡Esto tiene pinta de convertirse en un bombazo!!!

¡¡¡Y vaya!!! En el momento más álgido de la informática, voy y lo dejo. ¿Tú estás bien de la cabeza chico?

El último día donde después de los "ya nos veremos", los abrazos, de los "ha estado un placer", de los "suerte en la vida" y los buenos caminos, cierro la puerta sigilosamente y salgo. Creo que es 1995 más o menos y, para que nos situemos, uno de los temazos que sonaba era de Demis Rusos y González se veía enmerdado con los GAL.

Y al día siguiente parece que comienza la historia de Microblau, aunque no soy consciente de ello.

Empiezo programando con un programa que se llama Filemaker para las peluquerías Anna Ferrer de Sabadell con Miquel Colomé, que era el hijo de Anna, y dando clases de Word y Excel, en un despacho de un piso que me deja mi hermano en la calle Filadors de Sabadell. Yo ocupo el comedor. Mi conexión a internet es un módem USrobotics de 56 K que me conecta ya a mi nuevo mundo. Al nuevo precipicio que se extiende ante mi, gigante e incierto, y el módem silba.

Y un día se abre el telón. Aparecen de nuevo en mi vida Jordi Carcaño y Manel Monmany. Con los dos habíamos trabajado en el Apple Center de La Sumi que había en la Avenida Barberá de Sabadell. Y hablando nos liamos y decidimos hacer algo juntos para poder básicamente compartir inquietudes. Y montamos Microblau.

Y nos ponemos con el tema. Vendemos Macs. Como locos de otra galaxia, ya que hace 20 años te miraban de esa forma rara cuando hablabas de Macs. Nuestros clientes son las imprentas que van a por todas. Los vendemos sin hacer pagar las horas de instalación. También tenemos algún cliente como la Capella Reial, conocidos de Manel, y que "hacen música”.

El margen daba suficiente como para “regalar” el servicio. Trabajábamos de sol a sol. Cambiamos mi Golf por una furgo. Una Citroën C15 blanca que solo verla daba miedo. Capitalizamos el paro y mi madre nos deja un local en calle Bonavista, donde cuando llueve tenemos que recoger el agua que entra por todos lados. Con el tiempo lo arreglamos y lo hacemos nuestro.

Pero todo va muy rápido. Enseguida nos damos cuenta que tenemos diferentes velocidades de crucero, y Manel se va.

Nos quedamos Jordi y yo como socios.

Las imprentas empiezas a necesitar “pecés”, nombre que les ponía Jordi. Y nos resituamos. Aprendemos Windows y empezamos a integrar sistemas, y a cobrar el servicio técnico. Costaba que entrase dinero. Los márgenes bajaban y teníamos que sobrevivir y dar valor a nuestro trabajo.

Tras un viaje en verano del 99 con Jordi Carcaño a ver ballenas con Rafael Verdera, el velero más antiguo de la península en activo y cliente nuestro, Jordi dice que ya tiene suficiente. En aquellos tiempos, ya habíamos sumado a Eulogi, a Joan Forrellat, que entró como becario y más tarde se convirtió en socio, y a Joan Carles, como trabajadores nuestros. Eulogi había trabajado también en La Sumi y tenía unas patillas extraordinarias. Mi padre le llamaba el patilla-continua.

Y me quedo yo solo, acompañado de una colección de Macs que Jordi había ido recogiendo de los clientes que los querían tirar y que, junto con algunas nuevas adquisiciones actuales, componen la colección de unos 30 que hoy tenemos en Microblau.


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